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A mediados del mes de diciembre Yamileth Hernández, venezolana y residente de la ciudad de Querétaro en México, se contagió de coronavirus. Ella supone que lo contrajo en una junta de negocios a la que tuvo que asistir para tratar varios temas.

Dos días después de esa reunión presentó los síntomas: dolor de cabeza, en los huesos y cansancio sin ningún motivo aparente. Con el paso de las horas los malestares fueron más intensos: escalofríos, tos, fiebre y una presión en el pecho que le impedía respirar bien.

Sus familiares la trasladaron al hospital 5 de Febrero de Querétaro. Corroboraron que tenía coronavirus, pero le dijeron que no la podían dejar internada. Ya no había camas. Le prescribieron un tratamiento intravenoso y paracetamol para que lo siguiera en casa. A partir de ese momento comenzó el calvario para Yamileth. Debía contratar un enfermero que le suministrara la dosis.

“Mi familia se movilizó por su cuenta para ubicar a un enfermero, pero nadie quería ir a la casa por temor a contagiarse. Reventamos las redes sociales y no hubo respuesta. Solo una venezolana se puso a la disposición, pero ella solo podía acudir al día siguiente. Era muy tarde y no podía esperar mucho tiempo sin tratamiento. Mi estado de salud iba empeorando a medida que transcurría el tiempo. La fatiga se acentuaba y la infección en los pulmones había ganado terreno”, explicó.

Después de varias horas, sus parientes contrataron a un enfermero para que la atendiera. Pero le sobrevino una complicación respiratoria. La saturación de oxígeno empezó a descender: se ubicaba en 78% y urgía un tanque. Allí inició la peregrinación en búsqueda de oxígeno para vivir.

“Eso fue lo más angustiante. Mis hermanas preguntaban en los grupos de Whatsapp para alquilar un aparato y les suministraron varios números de teléfono, pero los pocos proveedores que contestaron, no tenían a la disposición y manejaban listas entre 400 y 500 personas que esperaban por un cilindro. En los centros de abastecimiento de tanques, desplegados en varios puntos de la ciudad, las filas superan las tres y cuatro cuadras. Muchos se iban con las manos vacías, tras largas horas de espera”, relata la afectada.

La búsqueda de oxígeno es una carrera contra reloj. A medida que el tiempo avanza, el ejercicio de respirar para un paciente se dificulta. Fueron muchos recorridos y marcaciones a proveedores de tanques. La familia de Yamileth recibía la misma respuesta: “esperen hasta la semana que viene que se desocupa uno”. No había tanques para comprar, ni para alquilar porque la pandemia había llegado a su pico más alto. En México hasta la fecha se contabilizan, según datos de la Secretaría de Salud, un millón 649 mil 502 casos acumulados y 141 mil 248 muertes desde que inició la pandemia.

Después de tanto insistir en las redes y por intermedio de una amiga, los familiares de Yamileth pudieron alquilar un concentrador de oxígeno en 2.500 pesos. “El equipo me ayudó a respirar mejor y gracias al tratamiento que seguí durante más de dos semanas superé la crisis. Lidiar con la enfermedad no es tan difícil, lo complicado es conseguir los equipos para respirar. Corrí con suerte pero otros, no y mueren en el intento”, explica la mujer.

El calvario por una bocanada de aire

Un viacrucis similar al de Yamileth vivió Justo Torres para conseguirle oxígeno a su papá. Él también es venezolano y en Querétaro instaló un taller mecánico familiar. Antes de Año Nuevo seis integrantes de su familia se enfermaron de Covid-19. Pero su papá fue el que se complicó y tuvo que ser trasladado a hospital 2 de El Marqués de esa ciudad. Allí lo atendieron, pero su nivel de saturación de oxígeno había descendido al 70%. No podían permitir que siguiera bajando.

Uno de los médicos le dijo a Justo: “tu papá debe conectarse a una máquina de alto flujo que lo ayude a respirar. Solo hay dos alternativas: esperamos a que se desocupe una o ustedes la adquieren por sus medios”. Esperar a que se desocupara un equipo podría tardar horas y quizás días, mientras que el cuadro de salud de su papá se tornaba más crítico. No había otra opción que comprar la máquina.

Su costo se ubicaba en 137 mil pesos. Esa cantidad era imposible de reunir. “Pensamos en empeñar algunas prendas de valor, pero al sacar cuentas ni siquiera nos aproximamos a la cantidad requerida. Tuvimos que recurrir a familiares. Teníamos uno en Inglaterra que nos prestó el dinero, pero había otro obstáculo: tampoco se conseguía la máquina. Por Internet los buscábamos y algunos proveedores nos decían que el equipo estaba agotado por la alta demanda, mientras que otros no respondían”.

Luego de batallar varias horas para conseguirlo, solo le quedaba un equipo a un proveedor que se ubicaba en Guadalajara, a 4 horas de Querétaro. “Me comprometí con él a reunirnos en horas de la madrugada, le rogué que me esperara porque yo llegaba. La vida de mi papá dependía de ese equipo. A las 8:00 pm del primer fin de semana del año, tomé carretera para buscar el respirador. A las 12 de la madrugada me lo entregaron y me dieron una capacitación básica para instalarlo, sumado a unos tutoriales. No había espacio para aclarar dudas sobre el proceso de instalación porque el proveedor me aclaró que no iba a estar disponible el fin de semana para asesorarme, ni mucho menos para viajar a Querétaro a instalarlo”, cuenta.

Al llegar de nuevo a la ciudad, trasnochado y cansado porque pasó toda la madrugada viajando para traer el equipo, se dirigió al centro de salud donde estaba internado su padre. Allí se topó con otra traba: no había personal técnico para instalar el equipo. “Me desesperé porque después de todos los esfuerzos que se habían hecho para conseguirlo y comprarlo, me iban a decir eso. Les dije: yo lo puedo instalar. Me capacitaron para ello y después de tanto insistir, el subdirector del hospital, me permitió ingresar. Cuando entré al área Covid-19, me topé con una escena aterradora: decenas de pacientes en las camillas, apostados en los pasillos. La panorámica era parecida a un campo de guerra. Mientras que los médicos y enfermeras caminaban de un lado a otro para salvarles la vida”, detalla.

Pese a los esfuerzos médicos, el padre de Justo no pudo ganarle la batalla al virus y murió el 17 de enero. Aunque había tenido una leve mejoría, sus pulmones estaban comprometidos. No superó la neumonía.

Entre la escasez y la especulación

El drama que vivieron estas familias en Querétaro, lo padecen miles de personas en Ciudad de México. Allí se divisa el mismo panorama: centro de abastecimientos y venta de tanques saturados y con listas de espera; así como los hospitales colapsados por el flujo de pacientes que suplican a las puertas atención médica.

El caos obligó al gobierno de la ciudad a habilitar dos centros para llenar tanques de oxígeno de forma gratuita: uno de ellos está ubicado en la Plaza Cívica de la Alcaldía de Iztapalapa y el segundo se sitúa en el Centro de Rehabilitación Infantil de la Alcaldía Gustavo Madero. Allí sentada desde las 10:00am estaba Maribel Hernández. Su mirada expresaba nostalgia y cansancio. Había recorrido en días anteriores al menos 10 centros de abastecimiento para llenar el tanque que solo dura cinco horas. “Me decían: ya no hay, venga mañana”.

Además de la escasez, había que sortear los elevados precios para el llenado y la compra de un cilindro. Surtir un tanque cuesta entre 500 y 800 pesos. Algunos sitios cobran hasta 1500 pesos porque se aprovechan de la necesidad de la gente. El costo de un cilindro se ubica entre 8.000 y 15.000 pesos dependiendo del tamaño, de acuerdo con datos suministrados por las empresas de suministro de equipos médicos.

Entre lágrimas Maribel cuenta que se quedó sin trabajo en diciembre. Su esposo le ayuda a pagar algunos medicamentos que requiere su hermana, pero el dinero se está agotando. La semana pasada gastó 2500 pesos en fármacos y seguir pagando recargas del tanque que le prestó una vecina, es cuesta arriba. “Estaba dispuesta a empeñar una cadena de oro del bautizo de mi hija, pero afortunadamente conseguí este lugar gratuito para recargar. Pero hay que armarse de paciencia. Muchos familiares de pacientes enfermos madrugan para ser los primeros en recargar, pero la espera puede prolongarse por 5 horas”, comenta.

Una funcionaria del centro de recarga gratuita que trabajaba para mantener el orden en la fila indica que el horario de atención es de 9:00am a 5:00pm. Solo atienden a 50 personas diarias. “Llegan más de 70 y cuando se agotan los números, debemos decirle a los que están formados que regresen al día siguiente porque no hay cupo. Es complicado porque la gente llega desesperada, sin dinero para sutir en un centro de abastecimiento particular. Ellos ruegan por las recargas y nosotros hacemos lo que podemos. En los próximos días se abrirán otros centros para atender la demanda, pero la situación es compleja”, refiere.

Un proveedor de oxígeno que labora en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México y quien prefirió mantener su nombre en reserva, refiere que a diario surte a 200 personas con recargas porque ya los tanques para la venta se agotaron. La empresa que le suministra los equipos le informó que debe esperarse hasta la semana que viene para enviarle tanques de diversos tamaños y concentradores, pero advirtió que los costos se van a incrementar porque están dolarizados. “Lamentablemente los pobres, no tienen derecho a enfermarse en este país. Solo unos pocos tienen poder adquisitivo para adquirir un equipo de respiración”, refiere.

Adán Aurteneche, es uno de los pocos que ha podido invertir en un concentrador de oxígeno para su suegra que se complicó en diciembre. Gracias a que trabaja en una compañía que lo aseguró y pudo invertir 68.000 pesos para salvarle la vida. “No fue fácil conseguir el equipo porque tuve que recurrir a varias empresas. En muchos lugares estaba agotado y mi suegra no podía esperar. Los niveles de saturación de oxígeno estaban descendiendo de manera drástica, sus pulmones estaban comprometidos, así como las articulaciones”, cuenta.

A medida que avanzan los días, la crisis hospitalaria y de oxígeno se agudiza en varias regiones del territorio mexicano.  Los venezolanos que residen en México han creado grupos de Whatsapp para brindar ayuda con el préstamo y alquiler de equipos a precios accesibles. Algunos se han ofrecido de forma voluntaria a trasladar a pacientes complicados a los centros de salud de la Ciudad de México. Mientras que otros crearon un directorio virtual de los sitios de venta y alquiler de tanques, como la página www.oxigenomexico.com.mx.

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