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A tres calles de la Basílica de Guadalupe, se habilitó en unas instalaciones deportivas un albergue para recibir a la caravana de migrantes que la semana pasada llegó a México, procedente de Tapachula. Allí se instalaron dos carpas gigantescas que protegen de la intemperie a 537 personas que provienen de Cuba, Haití, Guatemala, Honduras, Venezuela y Nicaragua.

En esos espacios los migrantes no solo se resguardan también se recuperan poco a poco de las heridas que les dejaron las agresiones provocadas por los funcionarios de seguridad cuando llegaron a la Ciudad de México. Los agentes intentaron impedir el paso y se originó un enfrentamiento que dejó varios heridos. Al hijo de Yanahí Ávila tuvieron que extraerle el testículo izquierdo por una patada que uno de los policías le propinó para detener el avance de la marcha hacia la Basílica de Guadalupe.

Sobre una colchoneta que le habilitaron para que durmiera junto a su hijo Christian, de 19 años de edad, ella narró que tras la agresión Christian no podía dormir, se retorcía del dolor. Ella lo revisó y se percató que el testículo estaba inflamado. Le dio un analgésico para calmar el dolor y un antiinflamatorio, pero el malestar no cesaba. Lo revisó de nuevo y la inflamación se había agudizado. Alarmada Yanahí se dirigió al servicio de atención médica del refugio. Al revisarlo el doctor le comentó que había que trasladarlo de urgencia al hospital.

Dispusieron de una ambulancia que lo llevó al centro de salud. Al revisarlo le informaron que debía ser operado para extraerle el testículo. “El golpe que recibió fue tan fuerte que no hubo otra alternativa. Había que proceder. Mi hijo fue dado de alta el viernes en la tarde. Se encuentra adolorido, no solo por la operación, sino por lo que le hicieron. Está traumado. Casi no quiere comer, solo quiere quedarse acostado y llorar. Ese es el precio que hemos tenido que pagar para buscar un mejor porvenir”.

La golpiza devino en un trauma

Yanahí gestiona el apoyo de un psicólogo que ayude a su hijo a superar las secuelas emocionales que le dejó esa experiencia. A unos metros de ella, se encuentra Teodoro Hernández. Él es hondureño y también resultó lesionado en el enfrentamiento. Tuvieron que colocarle un cabestrillo para inmovilizar su brazo derecho. Uno de los efectivos lo golpeó con el escudo, lo persiguió para evitar que cruzara. Teodoro pudo escapar y cuando llegó al albergue improvisado, no soportaba el dolor en el brazo. Los analgésicos no surtieron efecto. Pensó que se había fracturado, producto del golpe.

Fue trasladado al hospital La Raza. Allí le hicieron unas placas y le inmovilizaron el brazo. Debe guardar reposo por unos días. Ahora solo usa la mano izquierda para comer, tender la colchoneta donde duerme y bañarse en uno de los tanques que instalaron en el patio para asearse y lavar la ropa.

“El hombro se dislocó y debo usar el cabestrillo por tres semanas. Acá se instalaron los representantes de la Comisión de los Derechos Humanos de la Ciudad de México y les conté lo ocurrido. Ellos quedaron en hacer una investigación y de tomar medidas para evitar nuevos enfrentamientos. Nosotros no somos violentos. Solo queremos tener derecho a una vida digna, bien sea acá o en Estados Unidos”, comenta.

A unos metros de Teodoro, está la colchoneta de Luis Dony. Él es guatemalteco y tiene una herida en un pie que la mantiene descubierta y con probabilidades de que se infecte por la exposición. Confiesa que la tenía más profunda, pero se le ha ido cerrando poco a poco. Usa esmalte de uñas para ayudar a cicatrizarla. Le cuesta caminar y pasa la mayor parte del tiempo acostado. Su esposa, lo ayuda a sentarse para comer e ir al baño.

“El día del ataque dos funcionarios me pegaron con un rolo. Sentí como si me hubieran quemado el pie. Eso fue más que un hematoma, una cortada abierta. Mi esposa y otros migrantes me ayudaron a trasladarme hasta el albergue. Todos los días la limpio con agua y jabón. Le pongo pintura de uñas para que se seque y haga costra”, relata.

Su esposa también resultó herida en el enfrentamiento. Sufrió un esguince en uno de sus tobillos. Se desplaza sin mayores inconvenientes, pero lleva consigo el trauma del ataque. Por las noches llora y tiene miedo de que la policía entre a la carpa y de un momento a otro los saquen a la fuerza. “El miedo no la deja dormir”.

Representantes de la Comisión de Derechos Humanos en la Ciudad de México, se mantienen desde hace más de una semana en el refugio. Han tomado nota de las agresiones físicas y verbales. Se comprometieron a ejercer acciones para frenar este tipo de vulneraciones a los derechos humanos. Es pa´lante intentó entrevistar a los miembros de este organismo, pero manifestaron que no estaban autorizados para rendir declaraciones.

En el lugar también hay funcionarios de la Secretaría de Bienestar Social. Ellos se encargan de alimentar y de entregarles ropa y otros insumos a los migrantes. Ellos llevan un control de las personas que conviven desde el 12 de diciembre. Les han colocado brazaletes para identificarlos.

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