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 “Lo que vi no era una pelea común entre fanáticos para defender a su equipo, lo que vi era una guerra a muerte entre fieras para cazar a su presa. Era algo que jamás había presenciado en un partido de fútbol, donde se supone es un punto de encuentro, de compartir y apoyar a uno u otro equipo”. Este es el testimonio de Miguel Pérez un venezolano que acudió la tarde del sábado al encuentro de los equipos Atlas y Gallos Blancos y que dejó un saldo de 26 heridos, tres de ellos de gravedad, según el reporte de Protección Civil.  

Miguel no solía acudir a eventos deportivos en México. No era fanático de ningún equipo en particular. Ese sábado acudió al partido con su familia por casualidad. La novia de su tío es mexicana y fiel seguidora de Los Gallos Blancos de Querétaro. “Ella nos invitó. Fui con mi mamá y mi tío”. El grupo familiar se ubicó en uno de los palcos. Compraron cerveza y algo de comida para disfrutar el evento. Hasta ese momento Miguel veía con admiración el contundente apoyo que las barras le profesaban a sus equipos. Cantaban, gritaban consignas para estimularlos.  

El ambiente alegre, festivo y pacífico que imperaba en el estadio Corregidora donde se desarrolló el evento, poco a poco se fue opacando. Miguel mientras grababa escenas del partido observó pequeños focos de violencia en las gradas. “Al minuto 64 del segundo tiempo escuché insultos de un bando y del otro. Se decían frases pesadas como: tu equipo es una basura, fuera de aquí, esa franela que llevan es una vergüenza”. Las ofensas dieron pie a que se lanzaran los vasos llenos de cerveza”.  

Los golpes no tardaron en llegar. Miguel fue testigo de las agresiones. No eran simples golpes. “Lo que presencié era más que eso. Actuaban con saña, tenían intenciones de matar y por eso actuaron de forma despiadada. Los fanáticos de un bando querían aniquilar al otro a como diera lugar. Muchos espectadores corrieron hacia la cancha para resguardarse de aquella guerra que se había desatado. Los agresores sacaron tubos, desprendieron sillas y las lanzaron contra el oponente. A los que sometían los pateaban hasta la saciedad, los desnudaban. Cuando los veían ensangrentados, indefensos, sin poder moverse y suplicando piedad; los robaban”, describe Miguel.  

Él y su familia quedaron en shock. Un funcionario de seguridad del palco les dijo: “- tienen dos opciones: intentan salir en cápsula, abrazados con otro grupo de personas, o esperan a que se desaloje el estadio”. Ellos optaron por quedarse y esperar. Mientras aguardaban sentados, no dejaban de ver como si se trataba de una película: las golpizas. “Muchos se sacaron las correas y les pegaban a otros con las hebillas. Se escuchaban palabras como: mátenlo, mátenlo. Era algo aterrador”.  

Una hora después Miguel y su familia pudieron salir del estadio. Escuchaba el sonido de las ambulancias que llegaron a trasladar a los heridos a los centros asistenciales. Algunas mujeres con niños en brazos que lloraban porque se sentían protagonistas de una película de terror. “A nosotros no nos quedaron más ganas de ir a un evento de este tipo. Estas imágenes que registré desde mi cámara quedarán en nuestra memoria. Los protagonistas de las peleas, no eran personas que fueron a entretenerse, eran seres con ganas de matar”.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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