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Aldo Romero (nombre ficticio para proteger su integridad) sabía cuán peligroso era atravesar el Tapón de Darién, una zona intricada y boscosa, limítrofe entre Colombia y Panamá. Es usada como canal de paso por cientos de migrantes que intentan llegar a Estados Unidos por vía terrestre y fluvial. La densa vegetación es apenas uno de los obstáculos que deben esquivar quienes se atreven a pasar por sus trochas.

Aldo también estaba consciente que quienes se atreven a transitar por la zona deben sortear otros peligros en la selva: el acoso de las bandas delictivas y el cobro excesivo de los lugareños que ofrecen sus servicios de guías para acompañar el recorrido. Aldo es venezolano y vivió tres años en Panamá con su esposa y sus cuatro hijos. Se separó y se regresó a su natal Maracaibo con sus niños. Él es Técnico en Comunicaciones y en el país sureño se desempeñó en varios oficios simultáneamente para mantener a sus pequeños: trabajó como técnico de audio en discotecas, fue taxista y hasta repartidor de comida en sus ratos de ocio.

Sin embargo, la crisis económica pulverizó sus ingresos de forma tal que no le quedó otra opción que vender sus bienes. Se vio obligado a rematar el televisor de la casa, principal fuente de entretenimiento de sus pequeños. “Cuando llegó ese momento supe que había tocado fondo y si quería brindarles una vida digna a mis hijos, debía irme del país. Vendí todo el mobiliario. Mi casa que había equipado con tanto sacrificio quedó convertida en un cascarón vacío”, relata a Es pa´lante.

El comienzo de la odisea

Aldo no tenía visa americana. Había que tomar los caminos verdes: buscó tutoriales en Internet que explicaban cómo era la travesía por la selva. Su intención era llegar a los Estados Unidos para reunirse con sus hermanos mayores que vivían en Houston y podían ayudarlo a conseguir un trabajo estable. Con la venta de los enseres reunió un poco más de 2.000 dólares y con esa cantidad el 20 de mayo partió hacia Maicao (Colombia). De allí tomó un bus a Montería, posteriormente se trasladó a Turgo y desde ese punto se trasladó a la población de Capurganá. En esa localidad tuvo que pagar 360 dólares a un lanchero para llegar a territorio panameño.

“Ya había recorrido más de 20 horas con mis hijos. Cada uno de ellos, llevaba una mochila con poca ropa, algunos pares de zapatos, agua y alimentos no perecederos para comer en la travesía. Mis hijos no se quejaron, pero en esta primera fase del recorrido, se les notaba el cansancio, querían dormir, pero no podíamos darnos el lujo de pararnos porque faltaba mucho camino por avanzar. Los mantuve con jugos, galletas y latas de atún que destapamos en la vía”, explica.

La lancha que abordaron con destino a Anachucuna (Panamá) iba hasta el tope. Cargaba unos 30 pasajeros, entre cubanos y haitianos que perseguían el mismo objetivo de Aldo. Él se sentó en el medio y abrazó a dos de sus hijos. Les pidió que cerraran sus ojos y que no se dejaran intimidar por el mar bravío que golpeaba sin cesar la embarcación. “Cuando nos montamos estaba a punto de anochecer y el mar estaba picado. Fue aterrador el viaje. Pensé que se iba a voltear y que quedaríamos a la deriva en altamar”.

El trayecto duró hora y media. Cuando pisaron tierra firme, los lancheros les informaron que estaban internados en la temida selva de Darién. Les vendieron a los ocupantes el llamado kit de supervivencia: una pequeña tienda de campaña, un machete y un envase de creolina. “Pagué 25 dólares por el kit y nos recibió un guía que nos pidió otros 10 dólares por el derecho de transitar por la zona, y otros 30 dólares por acompañarnos en el recorrido. La mayoría de los guías le mienten a los migrantes. Dicen que van a recorrer dos horas y en realidad la travesía dura entre cuatro y cinco días. Cuando llevamos dos horas caminando por terrenos fangosos, tupidos de vegetación, le pregunté a uno de los coyotes si ya estábamos por terminar y se burló de mí. Me soltó una carcajada: jajajajaja ahora es que falta”, cuenta.

En el camino hicieron varias paradas. Había personas con niños que debían detenerse para hacer sus necesidades, comer y tomar agua. Los hijos de Aldo de 9, 12, 13 y 14 años, hacían paradas para descansar. En la vía se toparon con otros grupos de migrantes que habían acampado. “Siempre consigues gente con un objetivo en común. Darién se convirtió en la vía para que los migrantes indocumentados pudieran llegar a Centroamérica y continuar la ruta hacia Estados Unidos”.

 

Cadáveres en la ruta

Durante el recorrido la caravana de migrantes se topó con los cadáveres de dos hombres. Aún no estaban en proceso de descomposición. Al parecer murieron de deshidratación. “No quise que mis hijos vieran esa escena tan dantesca. Retrocedí la marcha, me alejé un poco de las personas que rodeaban los cuerpos. Los muchachos son suspicaces. Me preguntaron: – Papá ¿qué pasa?, ¿por qué hay tanta gente?, les respondí: – Vámonos, no sé, pero vámonos”.

Aldo había decidido regresarse a Anachucuna. No quería continuar la travesía en la selva, no quería someter a sus hijos a los peligros de la selva. Le dijo a uno de los coyotes que quería regresarse. Este habló con otro guía y le respondió: “si quiere devolverse al embarcadero debe pagar otros 30 dólares y así fue, los pagué. No había de otra”. Los hijos de Aldo estaban exhaustos, pero había que caminar hora y media de retorno. No aguantaban los pies. Se paraban entre ratos a descansar y a beber agua. En uno de esos descansos que él y sus pequeños tomaron, un grupo de cinco hombres armados los apuntaron.

Tres de ellos portaban armas largas. Arrinconaron a unas 30 personas y les exigieron que les entregaran los dólares que llevaban. Aldo cargaba en su mochila la mayor parte del dinero y en el bolso que traía una de sus hijas tenía enrollados tres billetes, uno de 100 dólares y dos de 50. “Entregué solo los que llevaba en mi bolso y me quedé con apenas 200 dólares, cantidad que no me alcanzaba para continuar avanzando”.

Al llegar nuevamente a Anachucuna se comunicó al 911 y solicitó ayuda para que lo rescataran. Una lancha del Servicio Nacional de Fronteras acudió al llamado. Lo trasladaron a un comando militar en territorio panameño. Allí lo mantuvieron dos días. Recibió comida, donativo de ropa. Él y sus hijos pudieron bañarse y cambiarse. Los funcionarios lo sometieron a interrogatorios y lo pusieron en contacto con los familiares de su expareja que viven en Panamá, quienes los recibieron durante unos días. También fue respaldado por la ONG Consejo Noruego.

En Panamá Aldo consiguió un trabajo por un mes en una tienda de reparación de celulares. Allí también hizo cambios en el techo del negocio, así como trabajos de electricidad. El dinero que percibió por los arreglos, sumado al que le dio la ONG, le alcanzó para viajar con sus pequeños a Costa Rica. Allí rentó una habitación con dos literas para vivir temporalmente con sus pequeños. Trabajó durante casi dos meses como taxista. La meta era reunir dinero para seguir subiendo y llegar al país norteamericano.

Al juntar de nuevo el dinero emprendió la travesía por tierra. La próxima parada era el municipio Cárdenas de Nicaragua. Eran seis horas de travesía en bus. Al llegar a ese punto tomó con sus hijos una lancha hasta Managua. “Les pagamos a los lancheros esta ruta que evadía los controles migratorios y tras cuatro horas de navegación arribamos a la capital nicaraguense. Buscamos un hotel modesto para pasar la noche, comer y al día siguiente retomar la marcha hasta la frontera con Honduras”, detalla.

Al día siguiente Aldo junto su familia emprendió camino a la población de Choluteca (Honduras). Los lugareños le informaron que debía ir a migración y pagar una especie de vacuna para que lo dejaran continuar su recorrido. Les pagó a los funcionarios de migración 4.783 lempiras, equivalentes a unos 210 dólares. Adicional a ese monto tuvo que liquidar 40 dólares para obtener un permiso de viaje y trasladarse hasta la capital hondureña de Tegucigalpa. Una vez allí viajó en bus unas 14 horas hasta Aguascalientes, frontera con Guatemala.

Se quedó unos días en esa población para cobrar fuerzas y seguir hacia Ipala, una población pequeña de Guatemala. Allí pagó un taxi hasta Tecún. El carro llevaba a sus cuatro hijos, uno lo llevaba en sus piernas. El quinto puesto lo ocupó un cubano que quería llegar a los Estados Unidos para reunirse con sus familiares. El taxi partió a las 1:00 pm y Aldo llegó a las 11:30 pm a Tecún Umán, frontera con México. Tomó una embarcación para cruzar el río y arribar a Tapachula, en Chiapas.

Testigo de la razia

Este sábado 11 de septiembre llegó a Tapachula. Aldo y sus cuatro hijos están hospedados en una posada, pero no han podido salir a buscar protección migratoria. La zona continúa tomada por funcionarios del Instituto Nacional de Migración, la Policía Federal y la Guardia Nacional. “Al extranjero que vean pasar, lo detienen. Este fin de semana observé cómo agarraban a los centroamericanos, los empujaban y los metían sin contemplación en las patrullas para regresarlos. Por eso solo salgo a comprar algo de comida y me regreso”.

No ha podido acudir a las oficinas de Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), porque durante estos días varios centroamericanos han protestado a las puertas para que al menos les den un documento que les permita transitar por el país y seguir su marcha hasta la frontera con Estados Unidos. “Ayer eso estaba tomado y ya la oficina está hasta el tope de solicitudes de refugio”.

Un informe estadístico elaborado por Comar reveló que durante el año 2020 recibió 70.400 solicitudes de refugio y en lo que va de este año, la cifra se ubica en 120.000. Andrés Ramírez, coordinador de la organización, indicó que no hay presupuesto suficiente para contratar a más personal que pueda procesar mayor número de peticiones. No se dan abasto y por eso estos procesos pueden tardar meses e incluso más de un año.

La situación de Aldo es crítica. No puede esperar ese lapso. Solo cuenta con 40 dólares, cantidad que le durará solo unos días porque debe comprar algo de comida para sus hijos y la pensión. Tomar un bus hasta el centro del país para buscar ayuda es complicado. Teme que durante los operativos de migración en Tapachula y en las carreteras del sur de México lo detengan y pierda el esfuerzo que hasta ahora ha hecho para ir a Estados Unidos.

La ONG Sin Fronteras IAP, ha contabilizado 117.052 detenciones de extranjeros y otras 54.231 deportaciones en los pueblos fronterizos y en los aeropuertos de México en lo que va del año 2021. Fernanda Benfield, directora de comunicaciones de esta organización, indicó que hace unos días la organización envió un comunicado al Instituto Nacional de Migración para que detenga el uso de la fuerza en los operativos y lo instó a que de manera conjunta con Comar y la Secretaría de Relaciones Exteriores a buscar alternativas destinadas a que los centroamericanos y suramericanos puedan lograr su estancia legal en México.

El comunicado según Benfield, fue refrendado por otras 20 ONG´S en México para brindar apoyo a las comunidades migrantes desprotegidas. Se notificó a la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Sus representantes no solo han hecho comunicados, también se han presentado en las zonas donde se cometen los atropellos, pero no los dejan actuar.

Aldo junto a sus hijos y otros cientos de migrantes que están en la frontera sur sienten que están a su suerte.

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