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El río caudaloso de migrantes se expande por nueve estados de México. Las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar) en Tapachula, Veracruz y Ciudad de México están abarrotadas de migrantes que piden a gritos refugio para poder trabajar y mejorar su calidad de vida.

Haitianos, hondureños, cubanos y venezolanos llegan a las 6:00 am a la sede de Comar en la Ciudad de México. Esperan hasta tres horas para ser atendidos. Los funcionarios no se dan abasto. Les dicen que formen grupos de 10 personas para que pasen a entrevista. Mientras aguardan sentados en las aceras de la calle Versalles, sin guardar sana distancia y con niños en brazos sedientos y con hambre, ellos llenan una planilla de solicitud de refugio y redactan una carta en la que explican los motivos que los llevaron a abandonar su país de origen y buscar protección fuera de sus fronteras.

La mayoría de los solicitantes coincide en huir del hambre, de la falta de oportunidades para vivir con dignidad. Para llegar a la capital mexicana, pasaron por las trochas del Tapón de Darién y siguieron su curso hasta llegar a la población fronteriza de Tapachula (Chiapas). De allí se dispersaron por varios puntos del país. En la ruta, muchos fueron detenidos por funcionarios del Instituto Nacional de Migración en Tuxtla Gutiérrez y pudieron salir de allí, gracias a los motines y huelgas de hambre que protagonizaron ante las precarias condiciones en las que convivían.

Al salir de las entrevistas en Comar, la mayoría de los migrantes fueron citados para la semana próxima para continuar con el trámite de refugio. Un proceso que tarda meses e incluso más de un año por la cantidad de peticiones. El viernes en la tarde, había un grupo de 8 venezolanos: 7 hombres y una mujer. El nombre de ella es Alida Fuentes y tiene 34 años.

Sin asistencia médica

Ella salió de Venezuela hace dos meses por vía terrestre. Cruzó la frontera con Colombia e hizo la travesía por la selva. En Tuxtla Gutiérrez la detuvieron, junto a otros paisanos y más de 100 centroamericanos. La llevaron a un centro de detención que ella describe como un galpón. No había medidas de sana distancia, solo disponían de dos baños. Algunas veces no había agua. “Recién llegada me enfermé del estómago y fue terrible. Le avisé a los agentes de migración y me dijo: tu si das lata, resuelve como puedas. También me sobrevino una crisis de asma”. Tuvo que soportar los dolores y otros malestares, propios de su condición.

Ella tiene tres meses de embarazo. Solo ha ido una vez a practicarse un ultrasonido, cuando se enteró de su condición hace tres meses cuando todavía vivía en Venezuela.

En el centro de detención, cuyo nombre no recuerda, no le permitieron hacer llamadas con frecuencia. Solo le permitieron hacer dos llamadas a la semana. Eran breves porque los agentes le tenían el tiempo contado. “En una oportunidad, me arrebataron el teléfono porque me había pasado de los dos minutos. Solo tenía que decirle a mi familia que me encontraba bien” cuenta Alida para Es pa´lante.

Su meta era reunirse con sus familiares en Texas, pero la conquista del sueño americano la ve distante. “Llegué el viernes en la mañana a la Ciudad de México. Solo quiero regularizar mi estatus para estabilizarme acá y brindarle calidad de vida a mi hijo”. El martes debe presentarse de nuevo en Comar para darle continuidad a su trámite, mientras hace recorridos por restaurantes y negocios en búsqueda de empleo.

Expuestos a humillaciones y sin comida

En el grupo de Alida también estaba Luis Manuel Betancourt. Él estuvo en dos centros de detención en Tuxtla Gutiérrez. En uno de ellos que le llamaban La Mosca, le sobrevino una infección en las vías urinarias. Fue tan fuerte que hubo días que no soportaba el ardor y el líquido estaba acompañado por coágulos de sangre. “El horror que no viví en la selva, lo padecí con los agentes de migración”, dice. Recuerda que estuvo 70 días detenido. En ese tiempo solo le permitieron hacer cerca de 15 llamadas. No podía reclamarle a los agentes. Si alguien se atrevía a quejarse lo dejaban hasta sin comer todo el día.

“El menú era irregular. Algunas veces solo comíamos una vez al día y en otras, la comida estaba en mal estado. Le preguntábamos qué iba a pasar con nosotros y no había respuesta. Hasta que se formó un motín, una de las detenidas comenzó a gritar. Hubo una revuelta y salimos de allí. Quiero llegar a Estados Unidos, pero quiero trabajar un tiempo acá, reunir dinero suficiente y emprender la marcha hasta ese país. En Utah viven unos primos y me dijo que podrían tenderme la mano”, relata Luis.

Parado a las puertas de un negocio relatándole su historia a un grupo de migrantes, se encontraba Gonzalo Noguera, un hondureño que llegó a México en enero y a pesar de que había iniciado su trámite con Comar para obtener la regularización y evitar ser objeto de detención. Lo aprehendieron cuando viajaba en un autobús en Tuxtla, ciudad que se ha convertido en el epicentro de las persecuciones en México.

“No entendía lo que sucedía. Sin preguntar los agentes nos bajaron y al reconocer mi acento, me montaron en la patrulla. Estuve detenido 21 días. Según ellos, mi nombre no aparecía en el sistema como solicitante de refugio. Soy epiléptico y tuve convulsiones mientras estuve internado en ese lugar. No me atendieron, al igual que muchos que tenían otras dolencias y los dejaron retorciéndose del dolor”.

Al salir de allí fue a Ciudad de México para averiguar qué pasó con su trámite. Prácticamente tuvo que comenzar de cero y llenar de nuevo la solicitud. También lo citaron para la semana próxima para continuar con su proceso desde la Ciudad de México. “Solo quiero una oportunidad para trabajar. No somos delincuentes”.

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