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  • Designation: Cantante

Por: Natalia Matamoros

Mientras estudiaba para darle de obsequio a su mamá un título universitario, Alejandro Alcalá, se inscribió en cuanto coro estudiantil había para algún día ejercer su verdadera vocación: cantar.

A él no se le quitaba la idea de la mente de pararse frente a un escenario, sacar de sus entrañas su poderosa voz para enamorar con baladas.

Alejandro no fue tan bueno con Ciencias, la Historia y Geografía, pero era una de las primeras voces de los coros.

Se graduó de ingeniero en mantenimiento en Ciudad Bolívar (Venezuela) para complacer a su mamá que insistía en que estudiara una carrera universitaria y durante un tiempo trabajó como profesor en el IUTEB, pero no se sentía pleno y satisfecho. No se hallaba en un salón explicando Cálculo y Matemáticas. Se negaba a soltar lo que tanto le gustaba: cantar. Comenzó en bares y restaurantes del estado Bolívar. Se dio a conocer, al extremo que fundó su propia productora, junto a su ahora exesposa.

El negocio era próspero, organizaba eventos y conciertos todos los meses y pudo dar rienda suelta a su creatividad como compositor de temas. En cada presentación dio muestras de su calidad interpretativa que supo cultivar en los talleres y salones del conservatorio Carlos Afanador Real de Ciudad Bolívar, donde educó su voz para entonar piezas líricas. Fue capaz de dominar las notas más altas.

Alejandro estaba consciente de que si deseaba consagrarse como artista internacional debía marcharse del país. En Venezuela la industria disquera se había ido a pique. De la época de oro que tuvo en los 80 con Kiara, Ilan Chester, Yordano, Karina, entre otros exponentes; solo quedaba el recuerdo. Una plaza atractiva para triunfar era y sigue siendo México, país que lidera la industria artística y de entretenimiento en América Latina. En 2011 un amigo que vive allá le ofreció que se fuera a ese país porque tenía contactos que podían ayudarlo.

“Me ofrecieron hasta grabar un disco. Me topé con productores que resultaron ser una estafa. Logré grabar algunas canciones, pero no tuvieron mayor alcance. Volví a viajar a Ciudad de México en 2012 y tampoco tuve éxito. Me regresé a Venezuela a continuar con las clases como profesor sin la esperanza de llegar lejos como cantante. Ese sueño ya estaba roto”.

En el año 2016 la crisis económica había hecho mella en su presupuesto. Recuerda que su carro tuvo una falla y no pudo repararla. “En ese momento me di cuenta que debía irme porque llegaría el momento en que no iba a poder darle de comer a mi esposa en aquel entonces y a mi hija. Desempolvé uno de los contactos que había hecho en México y lo llamé para que me ayudara. En esta oportunidad mi intención no era prepararme como cantante. Ya había dejado de lado ese anhelo por la necesidad. El objetivo era trabajar en lo que fuera para sobrevivir”.

Su amigo radicaba en Puerto Vallarta (México), un pueblo costero, de intensa actividad turística. Para llegar tuvo que hacer varias escalas: tomar un vuelo de Puerto Ordaz a Caracas. De allí a Panamá y posteriormente a Guadalajara. Al llegar a esa ciudad tomó camino a Vallarta. Fueron 32 horas de un recorrido que le pareció interminable.

Alejandro debía conseguir trabajo rápido. Solo contaba con 300 dólares envueltos en una media que debía estirar para cubrir sus gastos. Estaba dispuesto a hacer de todo, como la mayoría de los venezolanos que le tocó tomar un rumbo nuevo para huir de la miseria. Sin embargo, su amigo que le dio albergue insistió en que buscara empleo como cantante en restaurantes. A los pocos días lo contrataron en un local con vista a la bahía.

Su voz cautivó al dueño del negoció que le pidió que acudiera cuatro días a la semana para amenizar las veladas románticas.  “Cuando comenzaba a ganar dinero que apenas le rendía para costear algunos gastos de la casa y enviar remesas a su familia en Venezuela; tuve un altercado con mi amigo y me fui de la casa. Estuve a punto de dormir en la calle. Hasta que una familia amiga me tendió la mano y me dio hospedaje por unos días mientras alquilaba una habitación”.

El cuarto era pequeño y no tenía espacio ni si quiera para lavar la ropa. Cuenta que enjuagaba sus prendas de vestir en la regadera. Fue una época dura porque había llegado su ahora exesposa y su hija a México. Trabajaba muchas horas para que a su familia no le faltara nada. Aunque no le iba mal en Puerto Vallarta, estaba convencido de que, si quería desarrollarse en la industria musical debía mudarse a Ciudad de México.

“Tomé la decisión y me fui a la capital. Hice suplencias en orquestas y poco a poco me estabilicé. Formé parte varias agrupaciones y cada vez que salía un evento privado, los directores me incluían en sus giras locales. Durante este tiempo me he paseado por varios géneros musicales desde la balada, la salsa, el pop hasta el reggaetón. Sin duda una experiencia enriquecedora”.

A los pocos meses de haber llegado a la capital  mexicana se enteró de una convocatoria lanzada por TV Azteca, dirigida a los que tuvieran dotes para el canto. El canal estaba por lanzar su mejor apuesta para subir el rating, el programa cazatalentos bautizado como La Voz. Alejandro no dudó en postularse.  Quería pararse ahí ante un jurado estricto, incisivo y a veces cruel; quería que millones de personas conocieran su voz, que los venezolanos adoptados en esta tierra lo apoyaran, quería hacer su sueño realidad. Pese a que acudió cinco veces a audicionar, no fue admitido.

La frustración lo invadió. “Pensé que eran señales de que esto no era para mí. Fueron varios intentos fallidos que me desgastaron y estuve a un paso de tirar la toalla. Pero algo dentro de mí me dijo. ¡Vamos inténtalo otra vez, tú puedes!”.

Para formar parte de La Voz, no basta con cantar bien, hace falta más. El jurado evalúa el desenvolvimiento escénico, el temple, la intensidad de la interpretación, es un todo. “Para el casting de la edición 2021 me preparé como nunca antes, ensayaba sin descanso, una y otra vez. Tuve miedo de sentirme evaluado, de que no gustara. Iban muchas personas talentosas, preparadas y me preguntaba: ¿Dios mío seré tan bueno como ellos?”.

Ante miles de personas que disputaban un lugar en La Voz, Alejandro junto a otros 300 talentos se abrieron paso en un gran escenario. Él se presentó y cantó un tema exigente en movimientos coreográficos: “Provócame”, de Chayanne. Sus gestos sexys, su seguridad, además de su potente y fresca voz, hicieron que las implacables juezas María José y Edith Márquez voltearan sus sillas para respaldar su talento y darle la bienvenida a la aguerrida competencia. Se entregó en el auditorio con una energía inagotable y aunque ya no sigue en el concurso conquistó parte del sueño que abrazaba desde el liceo: pararse firme a cantarle a miles de personas.

Gracias a su participación, no solo creció en seguidores su cuenta de Instagram @alcalaoficial,  sino también se ganó el reconocimiento del jurado y del público que lo aplaudió. Además tiene propuestas para ofrecer conciertos una vez que  disminuya el número de contagiados por Covid – 19. Para él, es solo el comienzo porque aún falta camino por andar, y otros sueños por cumplir: grabar un disco y consagrarse como artista en México. “Estoy seguro que lo lograré. No me rindo fácil y lo he demostrado. La clave está en la constante preparación y en la perseverancia”.