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  • Designation: Protesista

Por: Natalia Matamoros

La falta de oportunidades y el asesinato de sus dos hermanos empujaron a Pedro Aguilar a tomar la decisión de salir de Yoro, un municipio hondureño azotado por la pobreza y las bandas criminales. Pedro tenía un objetivo claro: llegar a Estados Unidos para reencontrarse con su hermano que lo esperaba en Nueva York para trabajar en búsqueda del ansiado sueño americano.

Viajar al país norteamericano no era sencillo. No contaba con visa y tampoco con dinero para pagar un pasaje aéreo. Solo disponía de unas 2.000 lempiras, equivalentes a 100 dólares. Junto con otros cinco compañeros más del barrio donde vivía emprendió el viaje. Debía llegar a Guatemala, para posteriormente ingresar a México y continuar el recorrido hasta Estados Unidos.

“Abordamos un camión de frutas hasta la terminal de autobuses de San Pedro de Usura. Pasamos la noche a la intemperie. Nos cubríamos con láminas de cartón para resguardar las pocas pertenencias que nos llevamos. Llevaba una mochila con lo básico: unas camisas, unos pantalones y ropa interior para pocos días. Cuando amaneció abordamos un camión rumbo a la frontera con Guatemala”, relata.

Al llegar a Guatemala, Pedro y el resto de sus acompañantes, pasaron por diversos pueblos. Hicieron una parada en la población de La Ruidosa y continuaron la travesía hasta llegar a Santa Elena, frontera con México. Al llegar allí no había controles migratorios. Pero abundaban los llamados Coyotes: grupos de personas que ofrecen sus servicios de guía para llevar a los migrantes desesperados a Estados Unidos. Ellos estaban cobrando hasta cuatro y cinco mil dólares por cruzarlos a la frontera.

“No teníamos esa cantidad y ya sabíamos que estas personas te dejaban abandonado a tu suerte en el desierto. Solo pagamos para cruzar el río hasta la comunidad de Las Palmas, en territorio mexicano. En ese país compramos unas rebanadas de pan y queso para abastecernos y continuar el viaje. Faltaban muchos kilómetros por recorrer. Había cansancio y sueño, pero nada me apartaba de mi meta: llegar a Estados Unidos y trabajar duro para darle a mis padres que dejé en Honduras la vida que se merecen”.

A enfrentarse a La Bestia

La próxima parada de Pedro era Tenosique en Tabasco (México). Allí junto con sus amigos abordaría el tren, denominado La Bestia o El Tren de la Muerte, una red de trenes de carga que transporta combustible, materiales y otros productos hacia las zonas fronterizas con Estados Unidos.  Este vehículo también es usado por cientos de migrantes centroamericanos para llegar a ese país. Miles de personas que se lanzan para tomarlo mueren arrolladas, otras tantas han perdido las piernas y los brazos cuando se resbalan, o intentan trepar para subirse al lomo y así evadir el acoso de los agentes de migración.

“A mí me habían informado que si abordaba el tren en Tabasco podía viajar más seguro porque la marcha era más lenta. Cuando llegamos a las vías férreas el tren pasó, pero iba a toda velocidad. No lo pudimos tomar, esperamos hasta el día siguiente. Estábamos hambrientos y cansados. Ya habían pasado más de tres días de viaje. No podíamos gastar lo poco que nos quedaba”, detalla.

Cerca de las vías había un refugio para migrantes de paso. Allí atendieron a Pedro y a sus amigos. Se pudieron bañar, cambiarse de ropa y les dieron comida caliente para continuar el recorrido. En agradecimiento a la hospitalidad brindada, Pedro ayudó a limpiar las instalaciones.

Al día siguiente, él y sus amigos se fueron a las vías a esperar que el tren pasara. El vehículo llegó a las 5:00 pm y su velocidad era moderada. Era la oportunidad para lanzarse. Como pudieron, se aferraron a las escaleras y tomaron impulso para subir al lomo del tren. Pasadas las 9:00 pm se bajaron en uno de los caseríos de la ruta para pedir algo de dinero, agua y comida.

Luego volvieron a tomar otro tren para continuar el camino. Durante su recorrido no solo pusieron en riesgo sus vidas, también se toparon con delincuentes. Una de esas noches, un grupo armado se trepó para robar materiales de acero y aluminio que transportaba. “Nos dijeron que colaboráramos con ellos y que lanzáramos objetos metálicos hacia afuera. No me quedó opción que hacerlo. En varios tramos hay grupos criminales que se suben para robar tanto a los migrantes como la mercancía que lleva el tren”.

Una semana pasó Pedro en la travesía. Hacía paradas para buscar algo de comida y agua. En algunos puntos pasaba la noche a la intemperie, expuesto a temperaturas extremas. Sus compañeros lo abandonaron en la ruta: ya no tenían dinero y estaban cansados. Además que los invadía el miedo de ser víctimas del hampa. Uno de ellos me dijo: “te acompaño hasta acá. Ya no puedo seguir más. Suerte en el camino”·

Cuando llegó el último tren que lo conduciría hasta la frontera, Pedro se lanzó, pero no pudo aferrarse. Fue expulsado. Vio a un lado el tren que siguió a toda marcha. Desesperado comenzó a palparse. Al pasar su mano se dio cuenta de que su pierna izquierda quedó destrozada por las ruedas del tren. Grito a todo pulmón para pedir ayudar.

A unos metros se encontraba una pareja de salvadoreños que escucharon sus gritos y quejidos. Se le acercaron y al verlo malherido, llamaron al servicio de emergencias. La ambulancia tardó unos 20 minutos en llegar y fue llevado a un hospital. Allí duró cinco días internado y posteriormente lo llevaron  a una estación migratoria, donde permaneció cuatro meses. Recibió asistencia médica, apoyo psicológico. Muchas organizaciones se solidarizaron con él. Fueron tiempos duros. Cuenta que vivió una pesadilla.

Un tren le arrebató su pierna y las esperanzas de una vida mejor.  Se sumió en un estado depresivo. No quería comer, ni asearse. Por su mente transitó la idea de suicidarse. Pero la voluntad y la ayuda de varias ONG´s y de grupos familiares que le tendieron la mano, hicieron que saliera del abismo en el que se encontraba.  Lo apoyaron con una prótesis y pudo tramitar su residencia permanente.

Apoyo humanitario

Su estancia legal le permitió trasladarse a Ciudad de México para comenzar una nueva vida. Allí conoció José Nolasco, director de la Fundación Humanitaria Rey.

 

En la organización que opera  en una Iglesia Cristiana, en la Colonia Pino Suárez de la Delegación Álvaro Obregón, brindan refugio a los migrantes que por diversas circunstancias quedaron desamparados. Aquellos que se quedaron sin techo, comida y sin empleo. “Habilitamos camas, baños, cocina y un espacio para lavar ropa. Nosotros le damos a los migrantes las herramientas para que puedan defenderse: los incluimos en una bolsa de trabajo, le ofrecemos talleres de liderazgo y refugio hasta que consigan una estabilidad que les permita desenvolverse”, comenta José.

Pedro recibió cobijo y orientación espiritual en esa organización. Comprendió que su vida útil no terminó en ese accidente que sufrió, y que podía hacer mucho por él y por los demás. Se convirtió en inspiración y en ejemplo de muchos. Con la ayuda de José, ingresó a los programas de formación del Cecati, un centro de capacitación a bajo costo en la Ciudad de México. Se capacitó como protesista. Aprendió a fabricar prótesis de piernas. Se asoció con un amigo y ambos montaron un taller, de nombre Ortolegs.

Pedro ha logrado capitalizar una cantidad importante de clientes que acuden a su taller, ubicado en Xochimilco, con la esperanza de caminar. Desde ese entonces no ha parado de trabajar, rara vez se toma unos días de vacaciones. Gracias a ello, ha podido ayudar a su padre que aún sigue en Honduras. A la par juega fútbol y está escribiendo un libro autobiográfico que plasma su experiencia en La Bestia. También es voluntario activo de la Fundación Rey. Allí dicta talleres motivacionales y de emprendimiento a los refugiados que quieren iniciar su propio negocio.

“El tren me quitó la pierna, pero no me arrebató las ganas de salir adelante”, dice.