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  • Designation: Cosmetóloga y escritora

Por: Natalia Matamoros

Aunque suena a cliché, migrar no es fácil. Se requiere de paciencia, de perseverancia para lograr las metas propuestas en otras tierras. Hay venezolanos que no les ha ido bien en las naciones de acogida y han decidido regresar al país, mientras que otros vuelven a intentarlo en otros destinos hasta que consiguen la ansiada estabilidad y calidad de vida que en la tierra de Bolívar no encuentran por la crisis humanitaria.

Ese es el caso de Daniela Mesquita. Ella es cosmetóloga y había iniciado sus estudios de Farmacia en la UCV. Pero en el año 2014  los dejó a medias porque se le presentó la oportunidad de trabajar en un spa en Panamá. Le ofrecían sueldo en dólares y la posibilidad de crecer en el área.  Los propietarios del negocio, le prometieron regularizar su estancia en ese país. Sin embargo, cuando llegó a la Ciudad de Panamá con una maleta de 20 kilos que solo traía lo indispensable, se tropezó con la primera piedra en el camino: no podía revalidar su título porque el ejercicio de esa carrera era exclusivo para los panameños.

Aún así fue contratada para la aplicación de tratamientos corporales y faciales en el negocio donde le habían hecho la oferta laboral. Mientras estaba trabajando observó irregularidades en el local. “Había una mujer que inyectaba a los pacientes sustancias para adelgazar. Ella no era médico especialista y solo los titulados estaban facultados para hacer esos procedimientos. Lo denuncié porque no me parecía correcto, podía haber un incidente por mal praxis”, relata.

La queja que elevó a la directiva del centro de estética no fue vista con buenos ojos. Se preguntaban por qué una extranjera va a criticar nuestra forma de trabajo? A partir de ese momento, se valieron de cualquier excusa para poner en tela de juicio su trabajo. No lo lograron porque era impecable.

A los días un cliente que acudió a la estética para que le hiciera un masaje post operatorio y al término de la sesión le propuso a Daniela pagarle hasta 200 dólares extra por estimulación sexual. Con firmeza ella se negó al ofrecimiento. Esta fue la gota que derramó el vaso de agua para que la despidieran del local. “Mi dignidad no está en oferta. La migración me ha enseñado a decir que no, a no vender mi integridad, mi moral y mis principios por unos cuantos dólares”, manifiesta.

Desempleada y sin visa para trabajar, Daniela volvió a tocar puertas. Consiguió un trabajo a destajo en otro spa como cosmetóloga, pero era una agonía porque los negocios continuamente eran supervisados por funcionarios de migración. Si llegaban a descubrirla, la regresaban de inmediato. Debía esconderse o hacerse pasar por un cliente.

“En una oportunidad, a una compañera la detuvieron y nos vimos obligadas a pagar 500 dólares para que le permitieran trabajar y no la regresaran a su país porque no estaba regularizada. Era una angustia continua. No podíamos estar tranquilas. Era una lucha para buscar trabajo y para evadir a los agentes”, dice.

Luego de patear la calle en búsqueda de empleo. La llamaron de un restaurante para que trabajara como mesera. No le pagaban sueldo fijo, solo propinas. El dinero que devengaba no era suficiente para vivir en un espacio cómodo que le ofreciera una mejor calidad de vida. Ella estaba compartiendo habitación con su madre que se había ido pocos meses después, el esposo de su madre y su hermano.

Pese a que todos los miembros de su familia trabajaban, el dinero no alcanzaba, se evaporaba. No había oportunidades de crecimiento en Panamá.  El escenario poco alentador hizo que pensaran en la posibilidad de emigrar nuevamente hacia otro destino en búsqueda de estabilidad económica. Había dos opciones: México y Chile. Ella, su hermano y su madre optaron por la primera.

A probar suerte de nuevo

En junio de 2017 ambas arribaron al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. Apenas pisaron suelo azteca, uno de los perros detectores de droga, se sentó sobre la maleta de Daniela. El  funcionario de seguridad le dijo: “Señorita por favor abra el equipaje para revisar”. Los agentes requisaron hasta el último rincón de la maleta. No encontraron nada, excepto una bolsa con sangre artificial que empleaba para hacer maquillajes artísticos.

Este incidente tampoco frenó sus ilusiones por salir adelante. Una vez instalada en la Ciudad de México, Daniela nuevamente inició su periplo por tiendas, centros de estética y spa para buscar empleo. En esta oportunidad lo hizo con mayor cautela y precaución y con lo aprendido de las experiencias anteriores.

Pese a que no tenía papeles, fue contratada en un spa de la Colonia del Valle. Allí pudo trabajar sin temor que la regresaran a Venezuela, mientras la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado la ayudaba a legalizar su estancia en el país en calidad de refugiada. En sus ratos libres, esta joven también desarrolló la habilidad de contar historias que desde pequeña exploró, a través de cuentos. El cambio de ambiente despertó su musa y le dio rienda suelta a la pluma para escribir una historia de ficción de piratas, llamada Altamar.

En Altamar cuenta la historia de un pueblo que es destruido por piratas. Sus habitantes son amenazados y algunos son llevados como esclavos, entre ellos un joven que se entregó para proteger a su familia. Al terminar el borrador de esta historia, Daniela se lo mostró a familiares y amigos. La trama los atrapó y le dijeron: “chama lleva el cuento a una editorial. Es interesante y está muy bien contada”. La convencieron para que enviara la propuesta literaria a una editorial y así fue. Una editora publicó su libro que se vende en varios países de Latinoamérica y España.

Al poco tiempo conoció a un joven coreano, con quien se casó y tuvo una bebé. Mientras que su hermano hizo un curso de peluquería canina y se especializó en el ramo. Su madre, al igual que ella también trabaja como cosmetóloga. Daniela actualmente prepara la segunda parte de su obra literaria.

“El cambio me sentó bien. Conseguí un buen trabajo, el amor y la inspiración para desarrollar mi faceta de escritora. La migración te obliga a ser fuerte, en especial cuando pasas por esa experiencia varias veces. Te enseña a decir que no, a moverte cuando las cosas no van bien, y por ende, a no estancarse en un lugar cuando sientes que no te dan las oportunidades que mereces. También te enseña a ver el lado positivo de lo malo que sucede”.