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  • Designation: Enfermero - Vendedor

/// Cuando llegó a México, a finales de 2017, Néstor Herrera tuvo que cambiar su impecable uniforme de enfermero por un delantal. Dejó de lado las curas, inyecciones y los primeros auxilios para comenzar desde cero y desempeñarse como mesero en una taquería ubicada en la colonia Condesa de la capital azteca.

Había huido de Venezuela por las mismas razones por las que han salido más de cuatro millones de personas: escasez de productos básicos, falta de oportunidades y el desplome de la economía. En su país natal Néstor no solo ejercía la enfermería, también tenía un negocio de compra y venta de vehículos que se fue a la quiebra porque el poder adquisitivo había desmejorado a tal punto que las familias solo invertían en comida. Ya no había dinero para viajes y compra de automóviles. Eso pasó a la historia en una nación carcomida por el hambre.

La esposa de Néstor es mexicana pero se  crió en Venezuela. Ella le propuso que se marcharan a  Ciudad de México con su hijo de seis meses de nacido para buscar oportunidades. “Como estábamos casados obtendría sin problemas la residencia permanente”, explica.

Cuando la pareja arribó a la ciudad se hospedó en un hotel ubicado en el casco central, mientras rentaban un inmueble. A los días se mudaron a un apartamento en la zona de Santa Fe. La búsqueda de trabajo tampoco se extendió tanto tiempo. En la taquería les urgía un lavalozas y un mesero y Néstor estaba dispuesto a cumplir las dos funciones. Las veces que estaba fregando platos se paraba en la puerta del negocio. Allí invitaba al público a que entrara. Con su carisma, una sonrisa tatuada en el rostro y su marcado acento caribeño exclamaba todas las noches: “pasen y vengan a comer los mejores tacos de la ciudad. Los hay de carnitas, al pastor, como gusten”.

Aunque el ambiente de trabajo era agradable, no le proporcionaba lo suficiente para vivir holgado. El sueldo era irrisorio y con las propinas apenas le alcanzaba para cubrir los servicios de la casa. En contraste, su esposa había conseguido empleo en su área: Medicina. Ella asumió la mayor parte de los gastos de manutención de la familia.

Meses más tarde a Néstor le ofrecieron un trabajo para integrar un equipo de ventas de baterías de cocina. En esa empresa no tenía sueldo fijo. Tampoco gozaba de los beneficios de ley: prestaciones ni aguinaldos. Mucho menos podía aspirar a una liquidación. Solo percibía comisiones por ventas.

“Los productos de cocina que ofrecía eran costosos. No todo el mundo tenía la disponibilidad para comprarlos. Tuve que aprender detalles de la marca, visitar los hogares de las familias mexicanas para cocinarles y comprobar que las ollas y sartenes eran tan resistentes que la inversión valía la pena. Eran jornadas pesadas porque debía patear calle para persuadir y concretar la venta. Debía enamorarlos y convencerlos para ganar algo de dinero”, cuenta.

A veces se presentaba a la casa sin nada. Otras llevaba algo de dinero. “Vender no era tan sencillo como me lo pintaron en la inducción y cuando lograba que me compraran un sartén el irrisorio porcentaje de comisión me lo pagaban dos semanas después. Era frustrante y desesperante porque no podía dejarle toda la responsabilidad económica a mi esposa”, relata.

Como era enfermero se preguntó por qué no se dedicaba al cuidado de ancianos. Ofreció sus servicios y tuvo algunos pacientes. Su labor era compleja y sacrificada, había días que hacía guardias de 24 horas. En algunos casos al finalizar la jornada no podía irse a descansar porque tenía que visitar a otro. La atención que brindaba era compleja, no solo se limitaba al área de primeros auxilios y suministro de medicamentos. Bañaba a los pacientes, los vestía, les preparaba la comida en función de una dieta estricta. También les lavaba la ropa.

El dinero devengado tampoco era suficiente. No había espacio para lujos. No podía escaparse con su familia al menos un fin de semana a la playa como solía hacerlo en Venezuela. Las salidas al cine y a algún restaurante eran esporádicas. Vivían con serias limitaciones. Varias veces se preguntaba si el esfuerzo de emigrar valía la pena. Esa interrogante le quitaba el sueño, lo llenaba de angustia porque el tiempo transcurría y no veía crecimiento.

Aunque el ambiente de trabajo era agradable, no le proporcionaba lo suficiente para vivir holgado. El sueldo era irrisorio y con las propinas apenas le alcanzaba para cubrir los servicios de la casa. En contraste, su esposa había conseguido empleo en su área: Medicina. Ella asumió la mayor parte de los gastos de manutención de la familia.

Meses más tarde a Néstor le ofrecieron un trabajo para integrar un equipo de ventas de baterías de cocina. En esa empresa no tenía sueldo fijo. Tampoco gozaba de los beneficios de ley: prestaciones ni aguinaldos. Mucho menos podía aspirar a una liquidación. Solo percibía comisiones por ventas.

“Los productos de cocina que ofrecía eran costosos. No todo el mundo tenía la disponibilidad para comprarlos. Tuve que aprender detalles de la marca, visitar los hogares de las familias mexicanas para cocinarles y comprobar que las ollas y sartenes eran tan resistentes que la inversión valía la pena. Eran jornadas pesadas porque debía patear calle para persuadir y concretar la venta. Debía enamorarlos y convencerlos para ganar algo de dinero”, cuenta.

A veces se presentaba a la casa sin nada. Otras llevaba algo de dinero. “Vender no era tan sencillo como me lo pintaron en la inducción y cuando lograba que me compraran un sartén el irrisorio porcentaje de comisión me lo pagaban dos semanas después. Era frustrante y desesperante porque no podía dejarle toda la responsabilidad económica a mi esposa”, relata.

Como era enfermero se preguntó por qué no se dedicaba al cuidado de ancianos. Ofreció sus servicios y tuvo algunos pacientes. Su labor era compleja y sacrificada, había días que hacía guardias de 24 horas. En algunos casos al finalizar la jornada no podía irse a descansar porque tenía que visitar a otro. La atención que brindaba era compleja, no solo se limitaba al área de primeros auxilios y suministro de medicamentos. Bañaba a los pacientes, los vestía, les preparaba la comida en función de una dieta estricta. También les lavaba la ropa.

El dinero devengado tampoco era suficiente. No había espacio para lujos. No podía escaparse con su familia al menos un fin de semana a la playa como solía hacerlo en Venezuela. Las salidas al cine y a algún restaurante eran esporádicas. Vivían con serias limitaciones. Varias veces se preguntaba si el esfuerzo de emigrar valía la pena. Esa interrogante le quitaba el sueño, lo llenaba de angustia porque el tiempo transcurría y no veía crecimiento.

Buscar alternativas

Una tarde, después de atender a uno de sus pacientes, pensó en la posibilidad de volver al negocio de la venta de vehículos. Hurgó en las bolsas de trabajo de Internet, buscó los concesionarios y se postuló como asesor de ventas. A los días lo llamaron de una de esas empresas. Debía presentarse con uno de los gerentes para someterse a una entrevista. Sus conocimientos del sector automotriz convencieron al ejecutivo. Le dijo: “te quedas porque sabes sobre autos y tienes actitud”.

Luego de un período de capacitación Néstor se convirtió en asesor pero la tarea no era sencilla. Debía vender como meta entre cuatro y cinco vehículos al mes en un país golpeado por la crisis económica generada por la pandemia. “Pese a que el poder adquisitivo de muchos ha mermado por el virus, he logrado cumplir los objetivos. Mis ingresos aumentaron y dirijo las riendas de la economía del hogar, lo que me ha permitido  hasta reunir dinero para cualquier emergencia y futuros viajes“, señala.

Antes Néstor ni siquiera se atrevía a soñar con eso.  “Ahora puedo ayudar más a mi familia en Venezuela. Estoy trabajando duro para seguir escalando. Espero que la situación del país mejore para retornar como gerente de un concesionario allá, quiero capacitar jóvenes,  regresar para levantar a mi tierra. Eso sí, cuando vuelva también quiero poner en práctica todo lo aprendido en este proceso migratorio que me enseñó a valorar, a creer en mí y a madurar”.