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  • Designation: Heladera

Por: Natalia Matamoros

A Norma Acosta le costó un año tomar la decisión de emigrar. Aunque suena retórico no fue fácil. Muchas veces empacó y desempacó sus maletas. Se preguntaba cómo iba a meter su vida, impregnada de recuerdos en un equipaje.

Durante un año ella puso en la balanza dos situaciones. Una de ellas era la salud de su madre, que había sido diagnosticada de demencia senil. La segunda y no menos importante, era el bienestar de su hijo menor. La necesidad de brindarle un futuro promisorio que le había sido negado en Venezuela por la inseguridad, el desempleo y la crisis económica.

Optó por irse con su pequeño en búsqueda de nuevas oportunidades a México. Allí la recibió su cuñada. Mientras se instalaba, religiosamente le enviaba a su madre medicinas para paliar la enfermedad. Norma hizo los trámites ante la Comisión Méxicana de Ayuda al Refugiado para obtener la residencia permanente y en paralelo se postuló a varias empresas para trabajar en el área de Gerencia en Recursos Humanos. No consiguió empleo en su campo porque sus títulos universitarios y diplomados no estaban apostillados. El trámite de esos documentos además de costarle una buena suma de dinero, la condenaba a una espera de meses por la lentitud del proceso.

Aunque su esposo que vive en Venezuela le enviaba dinero para pagar el apartamento que rentó en la colonia Agrícola Oriental de la Ciudad de México, ella necesitaba producir para ayudar a su madre y cubrir otros gastos del hogar. Fue así como desempolvó la idea de un emprendimiento que en su natal Carúpano le dio frutos. Pensó “si en Venezuela la venta de helados generó ganancias, en México también”.

“Las habilidades en la elaboración de helados las aprendí de mis tías y mi madre. Ellas hacían congelados de frutas tropicales en vasitos para venderlos en Carúpano. Me explicaron el proceso y los ofrecía en el Colegio María Reina de López, donde estudiaba. Se vendían todos. Años más tarde, renuncié a mi carrera como Gerente de Recursos Humanos. Dejé los tacones y el tedioso horario de oficina para retomar este emprendimiento. Ofrecía los helados a los vecinos de la urbanización donde vivía y a las madres y niños del equipo de fútbol al que pertenecían mis pequeños. Eran cotizados e incluso saqué una línea gourmet con los sabores de Cocosette, Susy y Samba; así como ciruelas y jobito, una fruta autóctona de la región oriental venezolana”, relata.

Ensayo y error

Dada su basta experiencia en ese mercado, Norma comenzó a hacer helados en las cercanías de su nueva casa en México, bajo el nombre de Melaza Frozen. Los resultados en un principio no fueron los esperados. Los vendía en vasos de plástico y se derramaban. A los mexicanos no les gustaba porque ellos tenían la idea que eran helados cremosos de bolita. Pensaban que eran tinitas. Cuando veían que eran granizados, no les llamaba la atención.

A Norma le tocó ingeniárselas para conquistar los paladares aztecas. Cambió la presentación del producto en bolsas plásticas. Les dio la forma de bolis congelados. También investigó los gustos de los mexicanos para tropicalizar los sabores. Indagó sobre la gastronomía y mezcló los chiles con las frutas para obtener mangonadas. También buscó la receta del rompope, parecido al Ponche Crema venezolano.

El famosa mezcla de queso crema y zarzamora, así como el ponqué de chocolate “gansito”, populares entre los mexicanos fueron anexados al menú de frutas tropicales. Las ventas comenzaron a incrementarse poco a poco. Norma pudo ubicar un espacio fijo en un mercado a cielo abierto en la avenida Sur 8 de la Colonia Agrícola Oriental. También consiguió un puesto al frente de un colegio que le cedió una vendedora informal. Pero la suspensión de clases por la pandemia, la obligó a suspender las ventas en ese punto.

Con las ventas de sus helados en los tianguis ella pudo enviarle dinero a su madre en Venezuela. Pese a la distancia, nunca la abandonó. La ayudó hasta el mes de agosto, cuando murió. “Le prometí que viajaría el año que viene para compartir con ella, pero no me esperó. La enfermedad se la llevó. Sin embargo, me queda la satisfacción que le di todo lo que pude”, expresa entre lágrimas.

Las ganancias obtenidas además le alcanzan para pagar los servicios y los útiles escolares de su hijo menor. “Ha sido de gran ayuda. Pienso que la migración nos abre la posibilidad de reinventarnos, de hacer otras cosas, de poner a prueba nuestra creatividad”.