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  • Designation: Dibujante/Arquitecto

Por: Natalia Matamoros

Jesús Abreu como muchos venezolanos trabajaba a lomo partido en su país natal para que no le faltara nada. De profesión arquitecto, él supervisaba las obras de construcción de las tiendas pertenecientes a la cadena Farmahorro. Su jefe se había ido a México y lo recomendó. Su responsabilidad y compromiso fueron la carta de presentación para que una empresa en Ciudad de México lo contratara como coordinador de obras.

Para Jesús esa fue su gran oportunidad de poner en práctica sus conocimientos y su vasta experiencia en el sector construcción. No tuvo problemas para ingresar al país. La empresa que lo captó se encargó de tramitar ante el Instituto Nacional de Migración su visa de trabajo. Aunque la jornada comenzaba a las 8:00 am. Él a las 7:00 am estaba allí, al pendiente de que la obra no se paralizara, de atender cualquier percance, de que los materiales no faltaran. Se ganó el respeto de sus compañeros y de sus superiores.

El trabajo era demandante, pues debía viajar a varios estados del país a supervisar las construcciones. Sus jornadas en varias oportunidades se extendían hasta las 9:00 pm porque seguía en la obra o debía terminar un informe que tenía que entregar al día siguiente a primera hora. No tenía tiempo para salir a conocer los atractivos de México. Los pocos días libres que tenía los invertía en descansar para reponerse de las agotadoras faenas. El esfuerzo era recompensado con un sueldo que le permitía vivir cómodamente en un apartamento que alquiló en Azcapotzalco, y ayudar a su familia que vive en Venezuela.

En 2020 la pandemia generó una crisis económica mundial sin precedentes. México fue uno de los países más golpeados por el virus. Se perdieron cientos de empleos. La empresa donde trabajaba Jesús fue una de las más afectadas.

“Yo trabajaba para una compañía que se encarga de producir textiles y tiene una cadena de tiendas de ropa. Laboraba en la edificación de las sucursales. Pero estos negocios cerraron varios meses, una vez que se decretó la emergencia por el Covid – 19 y, por ende, las obras se paralizaron. Los dueños tenían la esperanza de que la pandemia solo iba a durar unos meses. Sin embargo, comenzaron a tomar medidas: en virtud de que no había construcciones que supervisar, las jornadas eran administrativas y por eso redujeron los sueldos a la mitad”, relata.

Los días transcurrieron y no había esperanzas de que la pandemia fuese erradicada a corto plazo. Ni siquiera había una vacuna contra el virus. El futuro sanitario y económico era incierto y muchas compañías tuvieron que hacer recortes de personal para sobrevivir. El mismo paisano que había recomendado a Jesús para ese cargo, lo llamó y le informó que la empresa iba a prescindir de sus servicios a finales de mayo. Sin embargo, la compañía le iba a pagar hasta el 15 de junio para que no quedara tan desamparado.

Sin rendirse

Jesús vive solo en México. Debía buscar la forma de salir adelante. Cuando vivía en Venezuela hizo un curso de retratos a lápiz y color. La técnica la domina tan bien que copia a la perfección las expresiones faciales de animales y personas. Cada arruga, cada gesto, hasta el detalle mínimo de la prenda de vestir, las calca con sus habilidosos trazos de grafito.

A pesar de que en muchas oportunidades había dicho que no iba a hacer retratos para vender, sino para consumo personal, para decorar su habitación o para regalarlos a un ser querido; esta vez tuvo que ofrecerlos para subsistir.

“Mientras enviaba los CV para conseguir de nuevo trabajo en el área. Desempolvé la mesa de dibujo, empecé a comprar lápices y creyones, cartulinas para ofrecer mis servicios como retratista en los grupos de Facebook de venezolanos. Tenía que buscar la manera de subsistir. Cuando la necesidad apremia, el orgullo hay que dejarlo a un lado”, expresa.

Jesús borró las fotos personales de su Instagram para darle paso a su nuevo emprendimiento. La cuenta la tituló: @abreupainter. En ella muestra sus retratos y también publica videos de su proceso de elaboración. Se integró a Univenemex, una organización que agrupa a emprendedores venezolanos en México para promover su trabajo. El invertía entre 10 y 12 horas en sus creaciones, dependiendo de su complejidad. En sus redes sociales se dio a conocer y pudo capitalizar seguidores que admiraban su trabajo y se lo hacían saber.

Aunque su trabajo gustaba, no era una prioridad y en especial, en tiempos de pandemia. Había semanas en las que tenía encargos que le permitían cubrir sus necesidades básicas, pero otras, donde debía ingeniárselas para sobrevivir. Hubo personas que lo contactaron para encargar una de sus obras, pero una vez que se comprometían a depositarle la mitad para iniciar el trabajo, se desaparecían, incluso lo bloqueaban del celular. “Me vi en la necesidad de ofrecer cursos de dibujo virtuales, pero eran contadas las personas que se inscribían: También me asocié con una psicóloga para dar talleres de psicología aplicada al arte. Pero el dinero obtenido solo alcanzaba para subsanar los servicios”.

Para pagar la renta tuvo que pedirle a amigos y familiares. Se vio obligado a mudarse y alquilar una habitación cerca del Mercado de Jamaica. Su dieta alimenticia también sufrió recortes: Había días que solo comía atún con arroz. El atún lo compraba en bolsas que era más económico que la presentación enlatada.

Durante la pandemia, él no dejó de buscar trabajo en su área. Llegó a enviar su hoja de vida a más de 300 empresas. De la mayoría de los lugares donde se postuló, no obtuvo respuesta. Ni siquiera la confirmación de recibido. En otros sitios, le notificaron que no reunía el perfil que requerían y algunos quedaron en enviarle respuesta de las pruebas de admisión y quedó a la espera.

En varias oportunidades pasó por su cabeza la idea de regresarse a Venezuela porque la situación era prácticamente insostenible, cayó en depresión, no quería ver a nadie. Sin embargo, el deseo de salir adelante pudo más que la angustia y el desespero. No dejó de enviar CV y a la par empezó a buscar trabajo en cualquier oficio. “El trabajo dignifica y si tenía que limpiar, que servir platos en un restaurante o desempeñarme como mensajero, estaba dispuesto a hacerlo. De hecho, en los grupos de paisanos, me recomendaron en empresas de vigilancia y en restaurantes”, cuenta.

Mientras esperaba respuesta de los sitios a donde acudió para entrevista, lo llamaron para ofrecerle el mismo trabajo que desempeñó cuando llegó. Enhorabuena, le dijeron que enviara sus documentos apostillados cuanto antes que lo requerían para incorporarse en unos días. Así lo hizo y ya comenzó, sin abandonar sus retratos. De esta experiencia aprendió el valor que tiene hasta una moneda de 10 pesos, a valorar lo mucho y lo poco que lleva en sus bolsillos, y a apreciar aún más a los que estuvieron allí, pendiente de su situación; a quienes le brindaron apoyo emocional. “Aprendí a que, si un día estás arriba, mañana puedes estar abajo y aunque el panorama se vea oscuro, hay que trabajar para que cambie y mantener la fe”.