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  • Designation: Maquilladora

Por: Natalia Matamoros

Pese a la crisis económica que estrangula los bolsillos de los venezolanos y pulveriza los sueldos, Ana Zárate tenía un negocio rentable en su natal Barinas. No le había pasado por la mente la idea de emigrar. Esa decisión que muchos paisanos tomaron para buscar una mejor calidad de vida y ganar un salario que al menos les permitiera tener una vida digna.

Ana es maquilladora profesional y en sociedad con su esposo, quien es fotógrafo; tenían un estudio. El negocio era próspero, sobretodo en fechas especiales como Carnaval y Halloween, donde muchos solicitaban sus servicios para recrear personajes icónicos de los clásicos del terror, y así participar en los concursos de disfraces. La lista de clientes era larga. Su agenda de citas, por lo general estaba copada.

El 2017, fue uno de los años más convulsos de la historia de Venezuela. Los estudiantes, acompañados por el resto de la sociedad civil protagonizaron protestas en todo el país. Las manifestaciones eran atacadas por colectivos armados. Los grupos irregulares no se conformaron con amedrentar y disparar a la población. Fueron más allá: saquearon negocios. El establecimiento de Ana y su esposo se sumó a la lista de locales desvalijados. No dejaron nada. Arrasaron con las paletas de colores que usaba para maquillar, pinceles, polvos, cremas y brochas. También se llevaron los equipos de fotografía.

El patrimonio de años de trabajo, se redujo a nada. Montar de nuevo un negocio como el que tenían en Venezuela, era imposible después de esa tragedia. Lo que antes era impensable, esa idea de irse del país; se convirtió en su meta a corto plazo. Con sentimientos encontrados de rabia y nostalgia; había que tomar la decisión de escapar de aquella anarquía, de hacer una nueva vida en otro lugar, lejos de la amenaza del hampa y de los colectivos.

La pareja tenía familares en la Ciudad de México. Ellos le propusieron mudarse a ese país para comenzar de cero. No sería fácil, pero tampoco imposible. El hecho de trasladarse a un ambiente tranquilo, apartado de la violencia y el hampa, ya era ganancia. Al cabo de unos meses, Ana y su esposo ya estaban instalados en territorio azteca.

El negocio del maquillaje en México es competido. Miles de personas con el mismo talento de Ana tienen este sector acaparado y aunque su trabajo es creativo e impecable, no era conocida en ese país. Esa desventaja no la amilanó. Poco antes de la conmemoración del Día de Muertos del año 2017, fue lanzada una convocatoria para que los maquilladores participaran en el MX Fest Awards, un evento en el que participan los mejores de su rubro para maquillar catrinas en media hora.

Ana nunca había maquillado catrinas, pero cuenta con técnica, conocimientos y una dilatada trayectoria en el maquillaje de personajes de películas de terror. “En Venezuela había escasez de productos necesarios para la recreación de personajes de terror. Por ejemplo para simular las quemaduras y las heridas abiertas, no se conseguía material, pero me las ingeniaba y el resultado era asombroso. Acá en México no tenía ese problema. Solo requería darle rienda suelta a mi creatividad”, comenta.

Ella fue seleccionada para participar en el evento. Ese día maquilló más de un centenar de personas. Una tras otra porque no podía tardar más de 30 minutos. Desde las 8:00 am hasta las 12:00 de la madrugada trabajó. No tuvo tiempo de descansar. Sus creaciones eran sinónimo de arte. La delicadeza de los trazos, las formas que le daba al cuerpo de un esqueleto, la recreación de los huesos de la cara. Fue merecedora de elogios. Aquellos que no la conocían fueron testigos de lo que podía hacer con la brocha, el delineador y la paleta.

En México ha maquillado al actor venezolano Pastor Oviedo y a la animadora Ana Alicia Alba. Y sigue sumando clientes a su cartera.

Pese a que las fantasías son el fuerte de Ana,  ella también maquilla para eventos sociales. Ya comienzan a llamarla para que con sus herramientas le de vida a los rasgos de las novias, las quinceañeras y las invitadas a los agasajos. Esta profesión la combina con sus habilidades culinarias. Tiene un negocio de cocina venezolana. Hace desde arepas hasta asados criollos. Ella no se detiene. Cuando no hace maquillajes, está en el fogón cocinando cualquier platillo para satisfacer los paladares de los paisanos.

“Trabajo duro todos los días porque mi meta es montar un restaurante y un estudio fotográfico y de maquillaje, como el que tenía en Venezuela. Mi esposo compró su equipo y actualmente se dedica a captar con su lente las mejores poses de las fiestas, los paisajes y demás imágenes por contratos. Lo más difícil fue comenzar sin un capital que te respalde en un país donde no te conocen. Si superamos eso, podemos conquistar otras metas, gracias a la persistencia y a la labor en equipo”, dice.